Vuelven a mi cabeza mil y una conversaciones, cosas en las que creía porque creía en ti. Con cada mentira siento una bofetada que me cruza la cara de un lado a otro y llega un nuevo desengaño. Fingir que te creo me resulta sencillo. Lo que no me resulta tan sencillo es esconder la risa nerviosa que me entra cuando estoy sola y pienso en lo patética que estoy resultando. ¿Cuándo piensas parar? Ya sabéis lo que dicen: una mentira lleva a la siguiente para, finalmente, convertirse en la pescadilla que se muerde la cola y formar una gran bola de mentiras encadenadas.


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